STRANGER THINGS: una carta de amor a los 80 que solo algunos entendimos (Parte 1)
No voy a empezar con lo típico de “es una serie que mezcla ciencia ficción con nostalgia ochentera”. No. Esto no va de géneros. Esto va de emociones, de memoria, de conexiones invisibles que solo quienes vivimos los 80 (o crecimos en los 90 con la resaca de esa década) podemos captar con el cuerpo entero.
Stranger Things no es una serie para ver. Es una serie para sentir.
Volver a casa (aunque nunca existiera)
Desde el primer capítulo, la serie se siente como volver a un sitio que nunca fue real, pero que reconoces igual. Las bicis, las mochilas, los teléfonos de rueda, las cocinas con papel de pared, los sofás con mantita, las mamás con hombreras y los niños que jugaban fuera hasta que anochecía. Eso existía. Y lo hemos perdido.
Y no era nostalgia vacía. Esos guiños no eran capricho: eran puertas abiertas a recuerdos enterrados.
Los guiños que gritan a los de nuestra generación
Aquí es donde Stranger Things se convierte en un festín para frikis sentimentales:
E.T. está en cada esquina: Once con la bici, escondida con peluca, el lenguaje gestual, la conexión emocional imposible entre “el bicho” y los niños.
Carrie aparece cada vez que Once se enfada y todo tiembla. Telequinesis + trauma escolar. De manual.
Coma, con esos laboratorios y hospitales donde todo es clínico, frío y deshumanizado.
Grease, Flashdance y ese look de madre americana de los suburbios, como la madre de Nancy, peinada para ir al súper.
La historia interminable, que directamente aparece como referencia (y qué maravilla fue ese momento cantando).
Top Gun y Regreso al Futuro están en detalles estéticos, en camisetas, en la estética del instituto.
Poltergeist, Los Goonies, Cuenta conmigo… la lista sigue. Y no son solo referencias: son códigos emocionales.
Cada guiño te sacude como una descarga eléctrica si tienes más de 40.
La estética: un altar audiovisual
La música, el grano fílmico, los neones, los sintetizadores, las cabeceras… todo está hecho para dejarte atrapado en una época en la que la magia y el miedo convivían en cada película.
Es imposible no emocionarse con la iluminación, con el vestuario, con las tiendas, los pósters, los videoclubs, los recreativos… ¡los recreativos! Esa parte que ningún adolescente de ahora entendería: ir a un sitio físico a gastar monedas y sudar frente a una máquina. No en casa. No online. En comunidad.
Personajes que (al principio) eran reales.
Otra cosa que hizo bien la serie fue crear personajes imperfectos, llenos de traumas, secretos y ternura. Desde Joyce, que empieza como madre histérica pero termina siendo la más valiente, hasta Steve, que evoluciona de capullo guapo a uno de los mejores personajes.
Pero la joya de la corona era Once. Su mezcla de poder y fragilidad, de amor mudo y rabia, nos tocó algo muy profundo. Porque todos fuimos ella en algún momento: solos, raros, encerrados en una habitación sin entender el mundo.
Y sí, nos comimos cinco temporadas porque queríamos volver a ese sitio
Stranger Things no es perfecta, y lo diremos en el otro artículo. Pero hay que reconocerle que nos regaló algo que nadie más estaba dando: una mezcla de ternura, miedo, humor, ciencia ficción y homenaje constante.
Para muchos, ver esta serie fue como reencontrarse con la versión más pura de uno mismo. Y eso no se paga con efectos especiales.
Ángela González
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