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Volver a empezar

Cómo estamos en la semana de San Valentín, de aquí al domingo procuraré hablar del amor. Y digo muy bien, procuraré, porqué siempre surge un tema por ahí de candente actualidad, que hace no yo no cumpla mis promesas, periodísticas. Espero que está vez no suceda, como me está pasando últimamente. Y ahora sí, hablemos del amor, que diría el gran Raphael. Y lo voy a hacer desde mi punto de vista, de una mujer adulta mayor.

Cuando era una adolescente de dieciséis años, José Luis Garcí (Madrid, 1944), tuvo la osadía de rodar un peliculón muy adelantado a su época, Volver a empezar. En general, la filmografía de Garcí, suele ser muy adelantada a su tiempo. Sobre todo, las que rodó en plena Transición (Asignatura pendiente, Solos en la madrugada, Las verdes praderas, y Volver a empezar) resultan a día de hoy más actuales, que cuando se filmaron. Lo digo a título personal, y con la perspectiva que me ha dado el tiempo.

La trama de Volver a empezar, es de sobra conocida, y algo manoseada, por escritores y guionistas posteriores, la del viejo profesor de Literatura española, exiliado en USA. Y que tras recibir el Nobel de Literatura, decide regresar a España, para reencontrase con su amor de juventud. . Tras pasar unos días, con su antigua novia y un viejo amigo, el profesor laureado, retorna a EE.UU, donde vuelve a sus clases, no sin haber informado previamente a su antiguo amigo, de que padece cáncer, y que le quedan seis meses de vida.

Pese a que me encantó la película, ni la entendí y ni la comprendí, pues es una película, solo apta para gente de mi edad, quienes comprendemos, entendemos y hemos vivido situaciones similares a las que narra de forma magistral, el gran José Luis Garcí. Pues con dieciséis años, que tenía entonces, me parecía imposible, que la gente más mayor que mis padres, casi de la edad de mis abuelos, pudieran enamorarse y amar, como una chiquilla de mi edad. Como que no. Niet, no.

Pensaba en mi suprema ignorancia, que diría otro gran maestro de la Literatura, Blasco Ibáñez, que solo los más jóvenes tienen la capacidad de enamorarse de otra persona, amarla profundamente y mantener relaciones sexuales, con pareja, gozando del acto, como los más jóvenes. Bueno, no tanto, pero casi, casi. Hoy en día, con mis cincuenta y cinco añazos a mi espalda, sé que no es así. Que es en la madurez de nuestras vidas, cuando surge el verdadero amor, y por lo tanto, cuando más lo gozamos. Y es debido a la tranquilidad mental que gozamos, así como de un exhaustivo autoconocimiento y la experiencia vital de cada uno.

Todo este rollo del amor en la segunda y tercera edad de las personas, viene a cuento de una noticia, que me sobrecogió la semana pasada: la de una pareja de cincuenta y siete años ella. Y sesenta y cinco él, que tras ingresar en el hospital, se casaron in artículo mortis. Es decir, cuando estás en grave peligro de muerte. Lo que parecía cosa del siglo pasado y del antepasado, está siendo cosa de gran actualidad, por el asunto del covid. Y creo que no han sido los únicos. Pero sí, los que lo han hecho público. Y le sus cataplines y ovarios no solo por casarse en esas extremadas circunstancias, sino amarse tanto, cuando el DNI, nos dice que no. Que es algo de los hijos o de los nietos. ¡Y una mierda! Hablando pronto y mal. Mientras hay vida, hay esperanzas para todo y para todos. ¡Menuda lección de vida, esperanza y juventud, nos dieron la veterana parejita! Solo me resta felicitarles, y decirles que sean muy felices, lo de la vida les tenga marcado.

Amparo Gimeno Pastor


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